Hace menos de un mes, una nota de dos periodistas del diario Folha de Sao Paulo sacó a la luz en Brasil un escándalo de corrupción mayúsculo, cuando reveló que el médico Antonio Palocci, ex ministro de Hacienda de Lula hasta 2006 y una suerte de primer ministro de Dilma Rousseff, se había enriquecido a través del tráfico de influencias. La novedad que disparó la investigación de los cronistas fue la compra de un departamento de lujo de 502 m2 y cinco cocheras en 6,6 millones de reales, que realizó Palocci antes de asumir en la nueva administración. En 2006, cuando fue elegido diputado, había declarado un patrimonio de 375.000 reales y hoy lo multiplicó por 20. La gran duda quedó planteada en saber de dónde había sacado el dinero, pero él mismo dijo que salió de su consultora, Projeto. El 20 de mayo, la militancia de Folha por la verdad reveló que en 2010, cuando Palocci era jefe de campaña de Rousseff, Projeto había facturado U$S 12,4 millones. El poderoso ministro resistió, buscó la protección de Dilma, quien sugirió que la situación había tomado estado público para poner en crisis al gobierno, pero al final se fue a su casa.
El caso bien sirve para ilustrar cuestiones de la Argentina actual, que van desde la acción de la prensa hasta los idénticos fundamentos que se han usado aquí para justificar el caso de Sergio Schoklender y el desvío de fondos públicos destinados a construir viviendas sociales, que involucra a la Fundación Madres de Plaza de Mayo y a su titular Hebe de Bonafini. En materia periodística, las cosas no parecen ser iguales que en Brasil, ya que desde hace mucho tiempo, el gobierno argentino busca minimizar el accionar de la prensa y por ello se dedicó a armar un multimedios propio (otra "corpo" o "grupo concentrado", dirían 6 7 8 o Bonafini) con voces oficialistas y otras tercerizadas con mucha publicidad oficial, que le permite dirigir el mensaje y omitir estos casos de supuesta corrupción. La pretensión final es barrer con los medios que cuestionan al poder, misión que, como se ha visto, la prensa ejerce en casi todo el mundo.
Pero además, lo ha hecho con saña hacia los periodistas que apuntan con sus críticas hacia los gobernantes, ya que para minimizarlos les ha impuesto el rótulo de trabajadores de prensa, como un modo también de uniformar su trabajo intelectual. Luego, intentó denigrar la profesión con la teoría de que quienes abordan la información deben ser "militantes" y de este modo se lo enseña por estos días en las universidades y escuelas de periodismo. Con este criterio, jamás Folha hubiese podido cumplir su misión. De allí, que el Día del Periodista haya sido poco grato para quienes no se alinean con estos postulados, quienes además fueron calificados como "basura" por Bonafini o comparados irónicamente con "las épocas de los grandes periodistas, que escribían tan bien", como hizo la Presidenta. El canciller Timerman usó la expresión "mal paridos", pero no para referirse al periodismo, pero sí a todos los que "no estén a favor" de la firma de construcciones Madres de Plaza de Mayo.
Desde lo dialéctico, ésta ha sido la estrategia del Gobierno para intentar cubrir el caso: "La causa de las Madres es tan grande que Hebe no puede estar implicada y a lo sumo ha sido sorprendida en su buena fe por un sátrapa como Schoklender y si alguien dice que ella tendría que haberlo sabido le está pegando para pegarle a las Madres y a la política de Derechos Humanos y por elevación a la Presidenta". De allí, que las culpas oficiales hoy le caigan al ex administrador y así lo muestran los medios, especialmente los encolumnados.
Lo primero que debería hacer en general el periodismo para abordar con menos prejuicios el caso de las viviendas construidas con dinero de los contribuyentes es una autocrítica muy fuerte, ya que durante muchos años mantuvo en silencio la situación, aun conociendo la vida rumbosa de Schoklender, quizás porque muchos no podían entender cómo se socavaba la autoridad moral de las Madres y otros por miedo a los escraches que acostumbra a protagonizar la organización. Pese a lo que diga Timerman, quien peor le ha hecho a la causa de los derechos humanos que representan las Madres ha sido la propia Bonafini.
Hasta ahora, los medios en general se preocuparon por develar la operación desde el costado de las consecuencias, a partir inclusive de las propias declaraciones de Schoklender, quien parece haber tirado a rodar contradicciones para quedar como el mentiroso de la película y despegar a terceros, aunque él mismo se aprovechó siempre de la cobertura de que le brindaban las Madres, cuyas acciones eran bendecidas por motivos políticos por la Casa Rosada y nunca cuestionadas por la prensa.
Ahora que ha caído en desgracia la mano parece haber cambiado, ya que la investigación de los medios da cuenta a diario de la catarata de activos que le han aparecido tras su actividad junto a las Madres: autos de marcas emblemáticas (Ferrari), yates lujosos, aviones al por mayor, casas en varios lugares del país y hasta un colegio en la zona de Chacarita, presumiblemente todo comprado con parte de los $ 765 millones que le giró el gobierno vía municipios o provincias a la Fundación Sueños Compartidos, cuyo principal proveedor era la empresa Meldorek, su propia constructora.
Esa cifra, junto a los $ 500 millones que aún faltaban girar, fueron aportadas al Congreso por dos miembros del ministerio de Planificación, lo que suma un monto de U$S 300 millones, cifra que esta columna reveló hace siete días. Pese a que la situación judicial debería incluir esta misma semana un pedido de procesamiento para Schoklender, lo más grueso de la trama aún no se ha develado, ya que la Justicia y eventualmente la prensa deberán meter las manos en el barro de las influencias que ejerce la política en las decisiones de la administración,probable caso del eventual ilícito. Aunque no le guste al gobierno, habrá que saber quién autorizó que la operación se hiciera a través de las Madres y por qué no se llevaron a cabo los controles sobre el destino de los fondos. En este punto, los funcionarios que asistieron en la semana a la comisión de Vivienda de la Cámara de Diputados señalaron que el ministerio de Planificación giraba los fondos a pedido de municipios y provincias, ya que éstos son los encargados de contratar a las empresas para la construcción de viviendas sociales. También se lavaron las manos, a la hora de los controles, ya que los avances de obra "debían ser evaluados por los contratantes".
La metodología de las Madres como entidad, de quien Bonafini y el Gobierno siguen diciendo que no tenían nada que ver, era ayudar a Schoklender a presionar si no se giraban los fondos. Ante la Casa Rosada si había alguna demora de Planificación o con manifestaciones públicas si algún intendente o gobernador se atrasaba con los pagos.
Mauricio Macri debe recordar bien el 29 de enero de 2008 cuando Bonafini tomó la Catedral Metropolitana "para exigirle al gobierno porteño que libere los fondos para el pago de salarios y compra de materiales para la construcción de las casas en los barrios", debido a que el Instituto de la Vivienda de la Ciudad no efectuaba un pago de $ 3,4 millones, porque las obras del barrio Los Piletones no avanzaban.
"Nos vamos a quedar aquí hasta que Macri devuelva el dinero que no le corresponde", había señalado con su agresividad habitual la titular de Madres. En esa ocasión, el grado de presión fue tal que Bonafini reveló que "nos clausuraron los baños y tuvimos que improvisar uno, detrás del altar". Para evitarse problemas, Macri accedió a liberar los fondos con el compromiso de que la entidad enviara la documentación y unos días después, el rabino Bergman calificó el hecho como una "profanación" y se preguntó "por qué no hubo repudio".
Todo el caso se ha convertido en una piedra en el zapato gubernamental que está siendo evaluada con encuestas y que tiene en vilo el humor y los nervios de Cristina.
La referencia es más que válida, porque en los próximos días Cristina Fernández deberá explicitar lo que aparentemente tiene decidido, que es su candidatura por cuatro años más. Esa alteración del ánimo aparentemente también le ha llegado a la tropa y, al respecto, se notó cierto desbande en la filas oficiales, entre quienes hasta hace un par de semanas derrochaban euforia ganadora y aseguraban que iban a lograr la reelección en primera vuelta.
El cimbronazo en las filas del kirchnerismo generó más de un cortocircuito de diferentes manifestaciones (peleas en el Inadi, posibilidad de apartamiento de la lista colectora de Aníbal Ibarra en la elección porteña, fortalecimiento del sciolismo, dichos de Hugo Moyano sobre que la inflación (es "el gran déficit del modelo") y distintas declaraciones de insospechados kirchneristas (Estela de Carlotto, Luis D?Elía) sobre la necesidad de despegarse de Bonafini, quien "no podía no haber estado al tanto".
Por el lado de la oposición, el triste culebrón de la emblemática dirigente ha sido aprovechado con declaraciones más o menos rimbombantes, pero no tan potentes como su atrincheramiento rumbo a octubre. Con la aparición de Hermes Binner candidato y el polo de centro-izquierda consolidado, con Elisa Carrió y Ricardo Alfonsín ya lanzados y también con la conformación de la fórmula Duhalde-Das Neves del centro hacia la derecha, ahora queda claro quienes son los que van a competir, mientras que las encuestas podrán tomar algún viso de mayor realismo.
El caso Shocklender aún promete varios capítulos, donde no se descarta que algunos protagonistas, como le pasó Palocci, se tengan que ir también para su casa.